enrisco
Blog personal y casi tan íntimo como una enfermedad venérea pensado también para liberar al pueblo cubano, aunque sea del aburrimiento. Contribuyentes: Enrisco (autor de “Obras encogidas” y “El Comandante ya tiene quien le escriba”), su alter ego, la joven promesa de más de cincuenta años, Enrique Del Risco. Espacio para compartir cosas, mías y ajenas, aunque prefiero que sean ajenas. Quedan invitados a hacer sus contribuciones, y si son en efectivo, pues mejor.
martes, 10 de febrero de 2026
Bad Bunny en el cañaveral de los símbolos
Hay que rendirse a la evidencia. Bad Bunny es un genio. Ningún cantante con tan poco talento musical o vocal ha llegado tan lejos. Ni Ismael Rivera, Cheo Feliciano o Héctor Lavoe -por mencionar tres cantantes venidos de su misma tierra- soñaron siquiera con pisar los escenarios por los que el de Vega Baja se pasea con naturalidad y desparpajo. No es justo, por tanto, comparar a Bad Bunny con ellos sin confundir el sentido del arte que cultivaron. Situemos al MVP del Súper Tazón número sesenta más bien en los confines del arte conceptual donde, como en el gesto de Duchamp, un meadero se convierte mágicamente en escultura. Ese universo en que nunca queda claro dónde termina la audacia creativa y comienza la tomadura de pelo.
Solo alguien con su excepcional intuición se ha podido salir con la suya en los numerosos giros de una carrera que en pocos años empieza a parecer larguísima. Si Bob Dylan fue alguna vez la esperanza de los cantautores afónicos Bad Bunny demuestra que se puede triunfar sin voz y sin poesía. (A menos que se le pueda exprimir poesía a frases como “Te juro que yo soy fiel, mi pasado ya es cosa de ayer. No todo el tiempo va a ser luna de miel, pero todo lo que te compro es Gucci o Chanel”). Como los pintores abstractos, Bad Bunny ofrece la impresión falsa pero inderrotable de que cualquiera puede ser artista. Bastaría una buena disposición y un poco de suerte. Pero no. No cualquiera podía subirle la parada a la habitual vulgaridad de la música popular (“Si te lo meto no me llame'/Que esto no e'pa que me ame', ey/Si tu novio no te mama el culo/ Pa eso que no mame”) para de inmediato rebelarse contra la misoginia y homofobia habituales del establishment urbano. O que luego de experimentar con lo último de los géneros norteamericanos -aunque siempre en español- se lance súbitamente a canibalizar géneros tradicionales caribeños (merengue en el caso de “Un verano sin ti”; salsa, chachachá, bomba y plena en el de “Debí tirar más fotos”) y conseguir en cada caso ser más exitoso que en el anterior.
Para todo ello se requieren dosis monstruosas de autoconfianza, como confesó Bad Bunny en voz alta en medio de su espectáculo en el Super Bowl del domingo y que a esta se sume la fe de los otros. La más misteriosa de todas es la que le ha ofrecido el público anglo en general tan provinciano en cuestiones idiomáticas. (¿Acaso -más allá de alguna palabra suelta- el resto del mundo entendía lo que cantaban Robert Plant, Michael Jackson, Janis Joplin o Freddy Mercury?). Esa admiración por un cantante en lengua extraña -o sea, la segunda más hablada en el país- probablemente sea un malentendido como lo es a la larga todo éxito. (Una estudiante china le pidió a mi esposa que le tradujera una de sus canciones y esta, espantada por la profusión de “culos” decidió sustituirlos por la palabra “corazón” por más que contraviniera las exigencias de la métrica). Quizás el público anglófono encuentre en canciones que no entienden ese algo a lo que aspiran y no tienen: ya sean pretensiones de inclusividad hacia el interior del país o cosmopolitismo hacia el exterior. O de ritmos exóticos que es lo que explica el éxito del tango en los 1910s, de “El manisero” en 1930, de Carmen Miranda en los 1940s o del mambo en los 1950s.
Pero Bad Bunny no solo ha violentado la frontera entre lo anglo y lo hispano sino los todavía más rígidos límites entre la cultura de la élite y la de las clases populares. Alguna vez dije “Dios creó a Bad Bunny para que los intelectuales puedan perrear sin cargos de conciencia”. Me rectifico. En general a la élite intelectual no le interesa perrear: le basta con aparentar que están dispuestos a ello mientras no afecte su bien trabajada pose. Se agarran a una declaración por aquí, a un travestismo por acá, o a un estribillo más allá como a un puente entre sus discursos que nada dicen y el pueblo o las minorías que no cesan de invocar y de los que tanto los separa. Para convertir la simulación de perreo en política. Ayer mismo escuchaba a un profesor de mi departamento al que nunca lo he visto bailar o cantar tarareando “por la mañana café, por la tarde ron…” con un entusiasmo inusitado y una falta de ritmo que le habrían valido la excomunión del mismísimo Conejito Malo.
Porque más que un pretexto para hacer lo que el cuerpo le pida los entusiastas de Bad Bunny en las universidades le agradecen es que le sirvan de pretexto para buscarle realidad en donde acomodar sus teorías. Gracias al boricua nunca ha sido tan fácil ejercer el arte de la hermenéutica. Con él los significados no vienen a granel sino empaquetados y listos para llevar. Y si antes los académicos convertían sus canciones en himnos combativos de cualquier cosa en el falso cañaveral erigido en el Levi's Stadium han hecho la zafra de los símbolos. Porque a falta de voz o de música Bad Bunny nunca ha sido mezquino a la hora de derrochar símbolos y muchos, académicos o no, le agradecerán que les faciliten la tarea de hacer como que piensan y de paso sentirse cerca de la plebe que secretamente desprecian. Después de todo un soneto de Shakespeare o un poema de Octavio Paz son tan difíciles de entender como la grandeza del boricua con la ventaja que aceptar esta última te puede hacer parecer populachero y snob al mismo tiempo.
Por mucho que se haya esforzado Trump en convertir la presentación del boricua en una cuestión de alta política este siempre ha sabido pisar cada charco sin empaparse en ninguno. Si en algo destaca el cantante es en hacerle creer a cada uno que le está dando todo lo que busca sin arriesgar un milímetro más allá de lo que su carrera requiere para seguir avanzando. Si de riesgos reales se trata recordemos en esta oración a los cubanos Maikel Osorbo y Luis Manuel Otero Alcántara, cantante el primero, artista conceptual el segundo, que pronto cumplirán cinco años en prisión por ejercer su arte libremente allí donde la libertad delito capital sin que los académicos que adoran a Bad Bunny se den por enterados.
Difícil es sostener la imagen de rebelde con tan afinado cálculo de los riesgos. Incluso el profesor convertido en súbito cantante luego de su entusiasmo inicial insistía en preguntarle a sus estudiantes graduados: “¿Y no creen que Bad Bunny debería haber…?” Pero ¿cómo los expertos en simular que piensan no van a contentarse con el que simula que se arriesga? Cuando el boricua dice “God bless America” y a continuación da una clase de geografía americana básica habrá que asumirlo como el non plus ultra de la rebeldía, so pena de que la farsa común, multitudinaria, quede al descubierto. “Pero al menos hizo todo su concierto en español” dicen para consolarse olvidándose por un momento que el dialecto caribeño en el que canta el de Vega Baja no les parece digno de que se le considere parte de la lengua cuando lo emplea un colega o un bodeguero. De los que -como Trump de Bad Bunny- también dicen que "no se les entiende nada".
No, no se trata de subirse a la carroza triunfal donde Bad Bunny se desplaza por nuestra época. Ni de reventarle las llantas. Apenas de advertir las audacias conceptuales y las limitaciones del gran artista conceptual de estos años. Y de recordar que entre la manada de sus adoradores y la de los fustigan con rabia -variantes de la misma insensatez- existen los que entienden y aprecian de qué va el juego de Bad Bunny sin que este consiga seducirlos.
martes, 3 de febrero de 2026
Mi encuentro con la del perro que habla
Al llegar a la oficina de la Editorial Abril, donde se había impreso la Aquelarre -éramos Luis Felipe Calvo, Eduardo del Llano, Orlando Cruzata, y no recuerdo si alguno más- además de encontrarnos con Fernando Rojas nos dimos de bruces con la plana mayor de la UJC nacional: el secretario general, el secretario de cultura, la secretaria ideológica y la directora o subdirectora del órgano oficial de la UJC, la inefable Arleen Rodríguez Derivet. Había llegado a los primeros planos del periodismo con la noticia de un perro que "hablaba" cuando le apretaban el pescuezo y emitía un sonido que solo un derroche de imaginación podía hacer creer que decía "papá". Fue así que consiguió salir de su Guantánamo natal y llegar a La Habana. Muchos usan la anécdota del perro hablador para ridiculizarla. Pienso lo contrario: esa salida picaresca ya nos anuncia lo que era capaz de hacer con tal de salir adelante). No era la primera vez que la veía, pero sería la única que tendríamos un intercambio verbal que todavía atesoro. Antes la había visto en la redacción de Juventud Rebelde, a donde fui a visitar a un amigo corrector del periódico. Allí Arleen había resaltado con esa vulgaridad que los dirigentes cubanos intentan aparentar campechanía, cercanía a la gente y solo consiguen demostrar la bajeza de modales y de alma. Creo incluso que en medio de su desbordada gestualidad Arleen enseñó el ombligo, pero la memoria puede traicionarme.
-Pero ¿Qué hacen ellos aquí? Por qué hasta donde yo sé la Asociación Hermanos Saíz es una institución autónoma y no necesita la supervisión de la UJC.
El secretario general de la última institución aludida tampoco estaba para diplomacias y dedicó los próximos cinco minutos a humillar a Fernando Rojas frente nosotros, meros sujetos de su censura, eslabón minúsculo en la larguísima cadena alimenticia del castrismo: dijo que la AHS era una institución subordinada a la UJC y que Rojas no tenía ningún derecho a publicar Aquelarre sin contar con ellos. Cuando terminó el rapapolvo del jefe de la UJC (creo que era de apellido Nieto) a Rojas el primero se dirigió a nosotros en términos algo más respetuosos para hacernos saber que el primer número de la revista finalmente no sería secuestrado sino que saldría a la venta, pero que ese sería el final de Aquelarre. Nos habíamos tomado demasiadas libertades con la revista como para hacer apoyada por la Juventud Comunista. Pese a la insistencia del secretario general de que aquel era un encuentro “entre compañeros” o sea, queriendo decir que no éramos sus enemigos y no continuaríamos aquella reunión en Villa Marista, no se puede decir que la atmósfera fuera muy distendida. A mi lado, por ejemplo, el secretario de cultura de la UJC tenía en sus manos un ejemplar de la revista abierto justamente en la página donde aparecía mi breve ensayo “El humor entre la libertad y el poder”. La página aparecía masacrada por subrayados con marcador negro, indicador de lo peligroso que le resultaba mi ensayo al lector. Recuerdo que en un párrafo solo se salvó de la masacre de subrayados negros el nombre de Oscar Wilde (aunque no la frase que había parafraseado: “humor que no sea peligroso no merece ser humor”) porque, como se sabe, incluso ante el reproche de un marcador en Cuba los extranjeros deben recibir un trato distinto. Al comprender que no habría manera de publicar un segundo número nos esforzamos en salvar la mayor cantidad cantidad de ejemplar en concepto de regalías para los colaboradores de la revista. Lo cierto es que, aplastada la esperanza de seguir publicando Aquelarre la ahora momentáneamente famosa Arleen Rodríguez quiso mostrar lo que entendía por generosidad:
-Y yo me pregunto si ustedes, escritores con tanto talento, no pudieran escribir discursos para la UJC.
Por supuesto que no estaba hablando en serio. No se conformaban con aplastar un proyecto por el que habíamos trabajado al menos un par de años: ahora nos querían hacer pasar por la humillación de trabajar para los mismos que nos censuraban.
-No gracias, nuestro talento no nos sirve para escribir discursos -respondí.
Ahora, a la luz (nunca mejor dicho) de los comentarios de Arleen de por qué la gente se quejaba de los apagones si Martí no había conocido la electricidad y había escrito lo que había escrito uno se la imagina en aquella misma oficina que nosotros frente a un Martí adolescente al que le acaba de censurar el primer número del periódico La Patria Libre. Se imagina que luego de regañarlo por el poema "Abdala" -lleno de alardes patrióticos en lo que entonces era mera colonia- le dice cambiando de tono:
-Bueno, el contenido puede ser problemático pero me asombra que a esa edad y a la luz de las velas hayas sido capaz de escribir unos versos tan bonitos. A ver, con ese talento que tienes ¿no te gustaría escribirle los discursos al capitán general o al jefe del cuerpo de voluntarios?
Sospecho que el Apóstol en ciernes habría dado una respuesta más o menos así:
-Escribirle discursos a quien me oprime rebajaría la dignidad de mi espíritu, sapinga eléctrica.
jueves, 29 de enero de 2026
Entrevista con Luis de la Paz*
Por Luis de la Paz
El escritor y profesor Enrique del Risco nacido en 1967, cuando ya el castrismo había destruido gran parte de Cuba y adoctrinado a un considerable sector de la población, logró sobrevivir mejor que mucho de sus contemporáneos a la educación politizada.
En sus libros se aprecia un detallado poder de análisis y observación. Entre sus publicaciones se encuentran Nuestra hambre en La Habana y Los que van a escribir te saludan, y más recientemente, El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika, publicado por la editorial Hypermedia, en junio de 2025.
Eres el editor
de El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika libro
donde más de sesenta autores exponen “la revuelta cultural y social que se
produjo en Cuba en paralelo a la perestroika soviética”. Háblanos del resultado
de ese libro.
Estoy muy
contento con el resultado. Fue un libro que nació de una conversación casual
con mi mujer a la hora del desayuno y con el que terminé arrastrando a más de
medio centenar de artistas, escritores, periodistas, críticos y activistas de
todo tipo a reconstruir a través de la memoria unos años en los que muchos
creímos que podíamos cambiar el país. Es un libro coral llenos de historias y
observaciones importantísimas. El título ya revela el final penoso de ese intento,
pero creo que tanto aquel movimiento como el libro que hemos hecho valieron la
pena. En el caso del libro, porque ha servido para crear conciencia sobre aquel
movimiento, sobre sus posibilidades y sus imposibilidades.
Cuando hablo de
crear conciencia no solo me refiero a los que no tomaron parte en él. También
hablo de los que participamos en ese proceso y, aun así, teníamos una visión
fragmentaria de aquellos años. Creo que a través de los testimonios recogidos
en el libro podemos ver ese fenómeno como lo que fue: un movimiento social y
político -además de cultural y artístico- que pudo darse por circunstancias
históricas muy específicas. Pero justamente esas circunstancias -las reformas
que se acometieron en la URSS y el resto de Europa del Este- impedían ver de
antemano la conclusión a la que arribó ese movimiento: que el socialismo -o
sea, un régimen donde un partido tiene el monopolio de los mecanismos políticos
y el Estado el del sistema productivo del país- es antidemocrático e
irreformable por naturaleza.
Naces en 1967
en medio de apagones, colas y hambre, la misma situación (quizás menos
dramática que la actual), pero con los mismos componentes. Pasas la infancia,
la adolescencia… ¿en qué momento tomas conciencia del desastre nacional?
La conciencia del
desastre en Cuba yo creo que todos la hemos tenido desde una edad muy temprana.
Recuerdo un día, con menos de diez años, en que luego de larga odisea
llegábamos por fin al Parque Lenin en la cama de un camión, le pregunté a mi
padre: “Papi ¿cuándo es que vamos a salir del subdesarrollo?”. Esa pregunta ya encerraba
la conciencia plena del desastre. Pero claro, siempre quedaba el recurso de
echarle la culpa al pasado capitalista (que en esa época quedaba a unos quince
años de distancia) o al embargo.
La adquisición de
la otra conciencia, la de que el desastre era producto del mismo sistema fue
más lenta y progresiva. Estudié tres años en la Escuela Vocacional Lenin que
era una escuela-vitrina para mostrarla, junto con Ubre Blanca y otros logros de
la revolución, a los visitantes extranjeros. O hasta a los mismos presos
políticos cuando los excarcelaban luego de estar veinte años en la cárcel, para
que se arrepintieran de haberse opuesto a una revolución capaz de crear
escuelas así, como cuenta Jorge Valls en sus memorias. Pues mi estancia en La
Lenin se convirtió en un curso intensivo sobre simulación socialista: desde
cómo la comida mejoraba en momentos estratégicos hasta instalaciones deportivas,
laboratorios de lengua, estudios de música que solo se abrían cuando llegaba
una delegación extranjera. O piscinas que solo se llenaban un par de semanas al
año. Por cierto, de esas falsedades mi amigo Ernesto Chao y yo dimos cuenta
públicamente a Carlos Lage, entonces secretario general de la Juventud
Comunista en una visita que hizo a la escuela y lo único que conseguimos fue
que más tarde el director general intentara intimidarnos. Y de esa experiencia
de simulación e intimidación salió el primer texto de ficción que escribí en mi
vida, una obrita de teatro titulada “Galileo y el masarreal” que nunca pude
montar. Pero aún así nos quedaba la excusa de que tanta falsedad era obra de
funcionarios intermedios.
Llegado a la
universidad, entre las conversaciones con condiscípulos más enterados que uno,
la comparación entre las revelaciones sobre el comunismo en Europa del Este y
la realidad cubana y el terror pánico de buena parte de mis profesores para
lidiar con ciertas verdades, fue que me quedé sin excusas racionales que
ofrecer. Luego, la vigilancia y la persecución sobre los que intentábamos
mejorar la realidad en que vivíamos, de democratizarla (todavía la palabra “totalitarismo”
no era parte de nuestro vocabulario, pero “democracia” definitivamente sí)
hicieron el resto. Esos años cubanos de la perestroika me enseñaron no solo que
era el sistema el que generaba el desastre, sino que este no estaba interesado
en ningún cambio que significara renunciar a un ápice de su poder y cedérselo a
los ciudadanos.
Tu libro
brinda una cronología de los años ochenta en Cuba, y todo marca en general
retrocesos. Aun así la juventud presenta nuevos proyectos y desafíos. Tú fuiste
parte de ellos. Cómo es la visión de impulsar arte y cultura, sabiendo que
lograr el éxito es difícil.
Había mucha
ingenuidad por parte de nosotros, ingenuidad de la que nos fueron curando los
agentes de la seguridad del estado, los funcionarios del castrismo y el propio
Fidel Castro cuando no solo rechazaban nuestras propuestas, sino que nos
perseguían por hacerlas. A esa ingenuidad inicial súmale el aliento que nos
daba saber que en la Unión Soviética se estaban reconociendo los errores y
horrores que se habían cometido y existía una voluntad real de cambios. Y ver que
nuestros represores inmediatos también sabían lo que ocurría en la URSS y eso
los hacía comportarse con más contención que unos años antes.
Por lo demás si
uno es joven y está vivo lo mínimo que puede hacer es intentar dotar a la existencia
(artística, social, política) de vitalidad y sentido. Eso fue lo que tratamos
de hacer en esos años. Si no cambiamos el país al menos nos cambiamos a
nosotros mismos. Y cambiamos la idea que se tenía en Cuba por entonces sobre el
arte y sus posibilidades. Cuando uno ve un performance callejero de Luis Manuel
Otero Alcántara o un monólogo crítico de cualquier humorista actual o una
galería o una compañía teatral que usa un espacio privado para crear proyectos
al margen del Estado comprende que esas posibilidades empezamos a crearlas en
la segunda mitad de los ochenta, a pesar del rechazo del propio Fidel Castro a
aceptar los cambios que se estaban produciendo en Europa del Este. Cuando al
fin los represores vieron sus manos libres tras el derrumbe del Bloque
Comunista ya era demasiado tarde para retrotraer la vida cubana a los años del
totalitarismo más cerrado, meter al genio de la libertad en la botella de la
que había salido.
Hay quienes
dicen que los cubanos no han hecho nada para procurar un cambio en el país.
¿Qué responderían a ello?
Siempre ha habido
cubanos deseando y tratando de cambiar el país. Lo mismo con los movimientos
guerrilleros y clandestinos de principios de los sesentas, que la contracultura
de catacumbas que surgió luego y que vino a florecer con la generación del
Mariel, o los movimientos políticos y artísticos surgidos en los ochenta, así
hasta llegar a hoy. Piénsese en un detalle: los que participaron activamente en
el derrocamiento del régimen batistiano no pasaban de diez mil, la misma
cantidad de personas que, por cierto, se apretujaron en la embajada de Perú en
1980 en cuanto quitaron la guardia. En cada momento del castrismo ha habido una
cantidad semejante o mayor opuesta al régimen, solo que, a diferencia de los
opositores a Batista, no tenían enfrente un estado totalitario capaz de
aplastar la más mínima señal de disidencia. Si durante el castrismo unas
generaciones consiguieron hacerse más visibles que otras ha sido por
circunstancias históricas que contuvieron en cierto grado la ferocidad del
estado totalitario.
¿Qué aporta el
humor a un mejor entendimiento de tus libros y la situación cubana?
La respuesta más
corta es la de Woody Allen: “comedia es tragedia más tiempo”. Y a la tragedia
cubana le ha sobrado tiempo para convertirse en comedia. No se me malentienda,
la situación en Cuba sigue siendo trágica. De hecho, ahora es mucho más trágica
de lo que lo haya sido nunca con la hambruna, el despoblamiento galopante, el
envejecimiento de la sociedad, la parálisis productiva, la caída abismal de las
condiciones de vida y la represión rampante y descarada. Pero también hay que
reconocer que el sistema que sostiene esa tragedia es profundamente ridículo:
solo hay que ver las justificaciones que usan para explicar tanto desastre.
Por otro lado, el sistema que rige Cuba no es
una simple dictadura. Es un sistema de control mucho más complejo -el del
totalitarismo- que a su vez crea un impacto muy complicado en los seres humanos
y en las relaciones que se establecen entre ellos. Y yo creo que el humor es la
perspectiva ideal para lidiar con tanta complejidad asentada a su vez sobre una
base tan ridícula: un tirano y un partido que determinan que la realidad es de
cierto modo y todo el aparato del régimen -represivo, propagandístico, educativo,
cultural- tiene que encargarse de acomodar el mundo real a como ellos digan. Y
en esos casos solo te quedan dos opciones: el humor o la esquizofrenia. Yo
prefiero el humor.
Asombra y
entristece ver el grado de degradación a la que ha llegado Cuba como país. El
castrismo tocó fondo hace mucho tiempo y sigue perforándolo con la esperanza de
encontrar algo, que no sea otra cosa que más miseria y fango. ¿Qué más se puede
esperar en Cuba?
Esa es una
pregunta ante la que no tengo palabras ni ideas, solo fe o tozudez pura.
Sospecho que si, luego de treinta años viviendo fuera de mi país, Cuba fuera un
lugar medianamente normal y próspero me daría más o menos lo mismo ejercer de
cubano. Es la tragedia en la que sigue atrapada Cuba la que nos hace seguir
preocupados por su destino, la que nos convence de que su única esperanza -sus
Obi Wan Kenobi- somos los que todavía nos desvelamos por ella.
Tus
libros generalmente requieren trabajo de investigación, consulta y redacción.
¿Cuáles son tus próximos desafíos literarios y ensayísticos?
Tengo un par de
libros terminados, buscando editorial: la novela “Los cimarrones de Greenwich
Village”, que es la segunda parte de la Trilogía Cubana del Hudson en la que
estoy empeñado y que trata sobre la presencia cubana en la zona de Nueva York y
Nueva Jersey desde el siglo XIX hasta ahora. En 2019 se publicó la primera
parte, “Turcos en la niebla” que se enfocaba en la época actual. Con “Los
cimarrones…” retrocedo al siglo XIX, centrado en la figura de Cirilo
Villaverde, el autor de la novela “Cecilia Valdés” quien vivió más de cuarenta
años exiliado en Nueva York. El otro libro que tengo terminado es “Nueva York
se escribe con Ñ” que es una historia de la presencia hispana en Nueva York desde
el siglo XVI hasta 1960 contada a través de viñetas de corte humorístico. Por
ejemplo, ¿sabías que el primer habitante no aborigen de Manhattan era
dominicano? Por ese libro desfila todo el mundo: desde Francisco Miranda y José
Martí hasta Diego Rivera y Rita Moreno.
Ahora mismo estoy
trabajando en la tercera parte de la Trilogía Cubana del Hudson, la novela
“Homero y yo”, que trata sobre la vida del gran músico ciego Arsenio Rodríguez
en Nueva York, donde vivió sus últimos veinte años de vida. Ya terminé la
primera versión, pero todavía requiere unas cuantas reescrituras. También trabajo
en una obra de teatro, “Palíndrome”, con solo dos personajes remando en un
kayak con los que abordo la actual polarización política en este país. En la
primera mitad de la obra los personajes viven bajo una distopía de derechas y
en la segunda mitad, una de izquierdas. Y ya que me preguntas por los ensayos
empiezo a darle forma a uno sobre la recepción fuera de Cuba del arte y la
literatura producida en el exilio. De este solo te adelanto el título: “¿Cubano
o gusano?”.
*Aparecida en Libre.
jueves, 22 de enero de 2026
Arte Moderno en Cuba en los 40's
Espléndida, maravillosa, la conferencia que el crítico y profesor Alejandro Anreus dio anoche en el Instituto Cervantes de Nueva York auspiciada por el CCCNY. El tema, el arte cubano en los 1940’s fue expuesto por el conferenciante con un orden y una claridad y al mismo tiempo con una pasión y simpatía que no creo que haya dejado a nadie en aquel auditorio repleto al máximo sin deseos de seguir escuchándolo. Y es que Anreus es un crítico de los que ilustra al mismo tiempo que conmueve, partidario, como declaró al principio, de poner al artista en el centro de la crítica y no como mera ilustración de alguna teoría porque, como le decía su madre, “sin santos no hay misa”. "Se les olvida cual es el pollo del arroz con pollo" me comenta María Pérez. O peor: terminan consiguiendo que el pollo sepa a arroz.
Resumen de su propio libro recién publicado “Modern Art in 1940s Cuba Havana's Artists, Critics, and Exhibitions” la conferencia de Anreus era la síntesis de un país en un momento de gloria, imposible de reconocer a plenitud hasta ahora, en que se cuestiona su mera sobrevivencia. Areus anoche rescató la expresión “hacer patria” del ridículo en que usualmente se encuentra por tanto abuso, para darle un sentido casi literal a medida que desfilaban en su voz y sus imágenes artistas, obras y exposiciones. El crítico no pudo encontrar mejores palabras para concluir una conferencia convertida en arenga que las que le dijera el escritor Enrique Labrador Ruiz en una entrevista: “Tuvimos que haber visto la nación, la república, la cultura como una gran casa donde debimos sentarnos en el portal y, mientras el viento acariciaba nuestros rostros, conversar, conversar y escuchar”.
martes, 20 de enero de 2026
Presentación en Guttenberg
Presentación del libro "El túnel al final de la luz" en Guttenberg, NJ, pueblo con nombre de impresor acompañado inmejorablemente por Orlando Luis Pardo Lazo y Jorge Ignacio Domíguez y por un magnífico grupo de amigos.
miércoles, 14 de enero de 2026
martes, 13 de enero de 2026
Venezuela y el reloj roto
El profesor y escritor Emilio Ichikawa, memorable por tantas razones, solía repetir ante los aciertos de quienes le parecían perfectamente malvados o radicalmente idiotas que un reloj parado da bien la hora un par de veces al día. Eso pasa con el presidente Trump, tan errático a veces y tan mezquino siempre. Todos (o casi, porque no estaría donde está sin esos 77 millones de votos) critican por principio cada una de sus decisiones sin detenerse a pensar que nadie puede ser tan perfecto, ni siquiera a la hora de tomar malas decisiones. Y si nos convencemos de ello debemos comenzar a sospechar que nuestro resentimiento político le está ganando la partida a nuestra capacidad de entender el mundo.
Me imagino que ya sabrán, si el título no ha sido pista suficiente, que vengo a hablar de la situación venezolana a partir de la captura y enjuiciamiento de Nicolás Maduro, dictador en funciones hasta el 3 de enero. Acción criticada ya sea por afinidad ideológica con el chavismo, o por la dificultad que representa para muchos distinguir México de Venezuela en el mapa o porque viniendo de Trump la decisión de secuestrar a Maduro tendría que ser mala por necesidad. Cierto que la sarta de medidas tomadas por el actual presidente hasta ahora no invitan a otorgarle siquiera el beneficio de la duda: un coctel que mezcla el desprecio por las instituciones democráticas, guerras comerciales, persecución a la inmigración hispana, desplante a aliados tradicionales y acercamientos y concesiones a viejos rivales de Estados Unidos más unos modales que no deben despertar simpatía ni en su esposa. Pero justo por ahí aparece la imagen del reloj parado. ¿Está Trump incapacitado para hacer algo bien, aunque sea con las peores intenciones?
Más atendibles son las críticas a la violación de la soberanía nacional y el derecho internacional. Cierto que el tema de la soberanía lo complica el detalle de que en la defensa del exdictador se han reconocido más muertes de soldados cubanos que venezolanos, cubanos que estaban allí en base a oscuros acuerdos que no redundarían precisamente en beneficio de la soberanía venezolana. Una soberanía bastante cuestionada de por sí por la existencia de una dictadura, algo que, por definición, impide a un pueblo ejercer su soberanía correspondiente. El derecho internacional es asunto mucho más serio porque lo que se debatiría es si debemos resignarnos a que impere la ley del más fuerte o llegamos a algún consenso en el límite que no debe rebasarse en lo que toca a las relaciones entre países. Existe la tentación de apelar al argumento Hitler:¿acaso alguien lamentó la caída de Hitler por el detalle que el principal responsable de su derrota fuera Stalin? A veces la única manera de derrotar a un monstruo es con otro monstruo.
La insistencia de Trump en construir durante meses el caso de Maduro en torno al narcotráfico intentaba equipararse a la lógica de Jackson en Nuremberg: construir la acusación no como violador consuetudinario que ha sido de los derechos humanos de sus conciudadanos sino entendiendo su supuesta vinculación con el narcotráfico como acción hostil contra Estados Unidos. Uno se pregunta ¿qué habría pasado si el simpático de Obama hubiera ordenado el secuestro de Maduro como mismo ordenó el asesinato de Osama bin Laden? ¿O es que quizás lo que le permitía a Obama conservar su halo de simpatía era entender la diferencia entre un caso y el otro?
No ayuda mucho a entender las críticas al secuestro de Maduro que estas en su mayoría vengan de los mismos que durante años callaron ante los desmanes del tirano venezolano. Tampoco vale basar la crítica en la oposición a todo tipo de intervención extranjera porque de otra manera no nos hubiéramos podido librar de muchos temibles tiranos, desde Hitler a Somoza (sobre el segundo doy fe: un vecino de mío en Cuba, coronel de Tropas Especiales entró primero al búnker de Somoza que las fuerzas sandinistas). No obstante, quedan en pie dos hechos indiscutibles: por una parte la imposición de la ley del más fuerte solo va a empeorar el desequilibrio planetario, de Ucrania a Taiwán; por otra, la arbitrariedad con que ha conducido Trump respecto a la caída del tirano venezolano no hace sino reforzar su propia carrera como aspirante a tirano. Ah, pero afearle la alegría a los venezolanos, tan faltos de solidaridad es, además de hipócrita, perverso. Como hipócrita sería yo si dijera que no he compartido la alegría de tantos venezolanos. Y muy irresponsable sino compartiera sus preocupaciones ante la situación actual.
Soy de los que piensa que si el reloj Trump dio la hora en la madrugada del 3 de enero con la captura y traslado a Nueva York de Maduro lo hizo como un reloj parado, por pura coincidencia con el instante en que sus intereses se alinearon con los del pueblo venezolano. Porque ya al segundo siguiente evidenciaba sus fallas mecánicas al decir que: a) el motivo de su acción no era devolver a Venezuela a la senda democrática sino obtener su petróleo; b) el próximo objetivo de su ardor bélico sería nada menos que Groenlandia; c) que María Corina Machado (presidenta electa por persona interpuesta) no formaba parte de sus planes inmediatos para Venezuela y prefería entenderse con ese ser huérfano de toda virtud -democrática o de cualquier otro tipo- que responde al nombre de Delcy Rodríguez.
Uno entiende que a Trump le pareciera imposible convencernos de que le importaba el bienestar de los venezolanos pero para eso -digo yo- no tenía que representar esa caricatura del imperialismo norteamericano que se enseñaba en las escuelas del mundo comunista. Pero quien acuse a Trump de ser sincero debería retractarse. Cierto que su diplomacia del dron se corresponde con cada pliegue de su alma tosca y retorcida, pero exagera impúdicamente su control sobre la situación actual de Venezuela y aún más cuando habla de su futuro. ¿O es que de verdad cree que la pandilla que se graduó de la misma escuela de corrupción y crimen de la que salió Maduro ahora se convertirán en demócratas ejemplares? ¿Si tanto control tiene Trump sobre el régimen venezolano por qué hasta ahora solo han liberado un 1% de los presos políticos? ¿Porque prefiere que el 99% permanezca preso?
En este caso la agresividad habitual con que Donald Trump se comporta parece quijotesca frente a la perfidia de los cleptócratas venezolanos. Como cuando el Caballero de la Triste Figura trató de impedir que el bueno de Andresillo fuera golpeado por su patrón. No bien dio la espalda, confiado en el poder de su brazo y el de los juramentos de caballería, el pobre Andrés volvió a recibir una soberana paliza. Me temo que algo similar pase con los venezolanos dada la distancia que los separa de Washington DC o incluso de Mar-a-Lago.
La salida de Maduro de la ecuación del poder debería abrirse en Venezuela una posibilidad impensable hasta ahora. Sin embargo, ante la arrogante torpeza de Trump y la falta de apoyo del resto de la humanidad, no creo que la oposición de los venezolanos al chavismo tarde en acusar fisuras de todo tipo. La más temible de ellas emana del peligro de que no hayan aprendido nada del último cuarto de siglo de dictadura. De un lado están los que sueñan con un regreso a la Venezuela de 1998, a los tiempos del clasismo más rancio en que los pobres no contaban ni como estadística. Del otro los que alguna vez sucumbieron a los rencores sociales que encumbraron al chavismo y que estuvieron dispuesto a quedarse ciegos con tal de que los ricos quedaran tuertos. Y los pobres pobres que no saben a qué atenerse porque, más allá de la satisfacción de ciertos rencores que les ofreció el chavismo y de la miseria actual, frente al incierto futuro que se abre ante su país se preguntarán si esta vez habrá sitio para ellos. Para poner en marcha el reloj venezolano hará falta la participación consensuada de todos frente a un chavismo que aunque estremecido no ha perdido su capacidad de retener poder y de reprimir.
En cuanto a Cuba, mi país, no me hago ilusiones. No comparto la afirmación de Trump de que “Cuba está lista para caer” por mero efecto dominó por falta de petróleo venezolano. Más miseria no volverá más rebeldes a los cubanos. Ni más débil al régimen que lo oprime. Porque hay algo que siempre se le ha escapado a Occidente a la hora de entender el universo totalitario: lo que lo sostiene no es el dinero sino el miedo y este se puede producir hasta gratis.